UN 2020 DISTINTO- Tomado de: Identitas

Ningún adolescente imaginaba a comienzo de año que pasaría el final del invierno y el comienzo de la primavera encerrado en su casa. Que no podría quedar con los colegas el fin de semana para ir a comer hamburguesas y a tontear con los amigos del otro sexo. Que iba a estar enclaustrado -como en el peor de los castigos- veinticuatro horas al día, siete días a la semana junto a sus padres y hermanos bajo un mismo techo y entre cuatro paredes. Que no iba a poder hacer deporte -ese deporte que quizá había empezado a detestar- y tampoco ir a sestear al parque. Ni en el peor de los sueños había imaginado que ir a comprar el pan o a tirar la basura se podrían convertir en tareas que todos anhelan en la casa, pues suponen el salvoconducto para ver la luz del sol más allá de la ventana. Tuvo gracia la suspensión de las clases, pero no tiene ninguna gracia estudiar sin profesores que expliquen -o que están a kilómetros de distancia en una simple pantalla ante la que no se puede ni molestar a un compañero, ni reírse del docente, ni reclamar tus derechos-. Ningún padre, ni en la más horrible de sus pesadillas, sospechó que tendría que teletrabajar mientras cargaba con el mal humor de sus hijos adolescentes, con sus protestas y con infinidad de peleas entre hermanos.
 

¿Ahora qué hago con él?

Es posible que nuestros hijos, o por lo menos la gran mayoría de ellos, no se hagan cargo exacto de la situación. La habilidad para sumergirse en sus pensamientos y su mundo interior, todavía muy semejante al de un niño, hace que muchos adolescentes no perciban la gravedad de lo que está pasando. Por eso es necesario dedicarles un tiempo a solas para hacerles reflexionar: tienen que empezar a ser capaces de valorar el drama de la gente hacinada en los hospitales, de mucha gente muriendo en soledad, de familias cuyos trabajos se han volatilizado en ERTES imprevistos, del esfuerzo de sus padres por sacar adelante la familia en condiciones a veces muy difíciles. Deben aprender a descubrir, que si su frase más repetida en sus conversaciones en las redes es “me aburro”, tienen ahora una oportunidad de oro para romper el cascarón del huevo de su egoísmo. Hay que hacerles descubrir que este es su momento para ser auténticos héroes. Que no basta salir al balcón a las ocho de la tarde a ver cómo aplaude la ciudadanía a los sanitarios. Que hay que arrimar el hombro en las pequeñas necesidades de su familia. Que es el momento de demostrar hasta dónde llega su capacidad de amar a los demás mediante el sacrificio y la renuncia a uno mismo. Que, si quieren ser en el futuro capaces de actuar como los médicos, enfermeras, soldados, etc., que no temen al riesgo de exponerse por los demás, primero tienen que ser capaces de soportar los pequeños defectos de sus hermanos, aunque se hagan más cargantes y más evidentes en situaciones de convivencia tan cerrada.

Para alcanzar esta meta deberán ponerse cada día metas pequeñas de generosidad y de cariño. Abandonar de una vez por todas la comodidad de sus nidos para empezar a volar. Eso es ser verdaderamente libre.

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